Un poco de contexto en el que nace Zazpi

Teniendo en cuenta la realidad sociodemográfica actual y contrastándola con la de los años 80, podemos afirmar que Rekalde y el resto de barrios del entorno sigue siendo un espacio de acogida. Anteriormente fueron personas y familias enteras residentes en otras comunidades autónomas las que venían en busca de un futuro mejor que posibilitó, a su vez, el desarrollo de un entorno y una sociedad más sostenible. En la actualidad, por la influencia de un mundo más globalizado, se repite este mismo proceso de acogida pero marcado básicamente por identidades culturales muy diversas y difíciles de conectar entre sí, debido en muchas ocasiones a sus propias experiencias migratorias.

La población total del Distrito es, según el censo del año 2022, de 49.200 personas. La presencia de personas de origen extranjero tiene una importancia relevante en esta zona, siendo el Distrito VII el de mayor número de población residente nacida en el extranjero a nivel de Bilbao con un 19,6% de personas. En cuanto a la renta familiar, la media del distrito es de 32.955,2 €, frente a los 47.021 € del conjunto de Bilbao. Cabe destacar que se encuentra el barrio con la renta familiar más baja de toda la Villa: Iturrigorri-Peñascal, con 24.815 €; hay que tener en cuenta que solo el 40,8 % de las personas del distrito cuenta con estudios superiores y que la tasa de desocupación asciende al 13,8%. Vemos pues que la zona sufre desigualdades en ámbitos claves que influyen en el bienestar de su población.


Rekalde y los barrios circundantes, más allá de sus necesidades y su fama, se visibilizan ante todo como una zona de acogida y de oportunidades. El Distrito también acoge, entre sus calles, diversas iniciativas y proyectos. Muchas de ellas a menudo pasan desapercibidas, de espaldas al resto de la comunidad, agazapadas en locales y los restos del pasado industrial de la zona. Es posible que algunas no se visibilicen por su naturaleza, pero en otras puede ser por falta de recursos y del saber hacer necesario para “salir a la calle”. En este contexto, creemos que la creación de una Fundación Comunitaria puede romper ese techo de cristal, facilitar la colaboración público-privada y aunar esfuerzos en busca del bien común. Ser un punto de unión entre agentes que actúen en direcciones similares y, a su vez, hacer la labor de asesor y acompañante de procesos e iniciativas.


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